¿Qué es el #CALEXIT?

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Foto: Wikipedia

Ok, sé que es barsa que yo me haga la experta en política interna de EEUU siendo que vivo acá hace un par de horas, pero el #CALEXIT (obvio que va siempre en mayúscula y con hashtag) me toma. Resulta que, como pueden ustedes mismos ver en la página de Yes California hay varias razones que hacen pensar en la viabilidad de una California independiente, separada de los Estados Unidos. Ideas que a la luz de las elecciones del pasado 8 de noviembre y sus ya conocidos resultados no han parado de crecer.

Los californianos independentistas tienen varios puntos a favor: Siendo la sexta economía del mundo (superados sólo por EE.UU, China, Japón, Alemania y el Reino Unido)  y teniendo una población comparable a la de Polonia, punto por punto California se compara en índices con países completos, no con otros estados. Las razones parten desde lo económico (como en todos los procesos separatistas), pero también son culturales e ideológicos.

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Es que también, el triunfo de Trump ha puesto en conflicto las ideas de un estado cuyo mayor orgullo son la tolerancia y el abrazo a la diversidad. Tal como lo explicaron los senadores Kevin de León (D) y el speaker Anthony Rendon (D) en la declaración conjunta que enviaron el 9 de noviembre: “Por un margen de milllones de personas, California ha rechazado la política alimentada por el resentimiento, el fanatismo y la misoginia (…) A pesar de haber ganado la presidencia, no ha cambiado nuestros valores. No seremos arrastrados hacia el pasado (…) California no era parte de esta nación al comienzo de la historia, pero claramente ahora somos los guardianes del futuro”. Snif.

Hasta ahora, hay una propuesta para un referéndum en el 2019. Yo ya he visto gente en las calles con pancartas pro #CALEXIT dentro del contexto de las protestas anti- Trump, pero es difícil saber si esta iniciativa sobrevivirá la luna de miel inversa que tiene el estado con la figura del presidente electo. Veremos que pasa. Al menos aprobaron la legalización recreacional de la marihuana.

 

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You can´t touch my hair

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Estoy leyendo el libro “You can´t touch my hair” de Phoebe Robinson. Además de recomendarlo MUCHO (está escrito con tanto humor y cultura pop que al rato de leerlo ya quería ser amiga de Phoebe) me ha hecho pensar en un mundo nuevo para mi, con mi pelo tipo Mulán-Pocahontas (mucho, muy liso, pesado): El desconocido, controversial y fascinante mundo del pelo afrodescendiente (de ahora en adelante, pelo negro*).

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La revolución silenciosa de la menstruación

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Hace mucho que este tema me viene dando vuelta a la cabeza: Qué es lo que ha generado que en al menos 4 frentes distintos, la regla (o periodo, o menstruación, como quieran llamarla) ha pasado de ser el tabú femenino por excelencia a empezar a tener distintos grados de representación y notoriedad. Me pregunto ¿Llegaremos pronto a un momento donde estemos familiarizados -todos, no sólo las mujeres- con ella? ¿Es el 2016 el año en que se acaba el tabú? Quizás si, veamos algunos ejemplos que apoyan esta tesis, que espero resulte cierta.

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Ayer algo cambió

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Tengo un sueño. No, perdón, mal comienzo.

Tengo una… visión. Creo que en unos 20 o 30 años miraremos la marcha de ayer como el punto de inflexión entre el país de antes y el país después. Desde fuera, puedo ver como la sensación en el ambiente es de satisfacción con el hito de ayer. Todos los medios, incluso los que publican portadas que banalizan la violencia lo pusieron en primera plana. La marcha se discutió en los paneles de los matinales. Todo eso es increíble, amigas, pero por favor, no nos quedemos en eso. Tomemos este hito como un desde y no como el final del camino.

Finalmente, las fuerzas, las ganas y las razones se juntaron por sobre el miedo, por sobre la violencia reaccionaria y lograron juntar -por lo que leí- 80.000 mujeres y hombres en un sólo lugar para decir #NiUnaMenos, no más violencia contra la mujer. No tengo duda que los femicidios y violaciones son las principales razones de contingencia que sacaron a las personas de sus casas, pero siento que además se marchó en contra de todo un espectro de violencia machista que como chilenas, latinoamericanas y mujeres, vivimos en distintos grados y en distintas situaciones: Desde la mujer maltratada, golpeada y violada que no recibe justicia ni protección desde el estado, la profesional que es despedida sin fuero maternal por resquicios legales, la mujer que trabaja doble y hasta triple turno porque las labores de crianza recaen sólo sobre ella. Todas, distintas caras de un mismo problema, el entender a la mujer no como un otro en igualdad, sino como un bien inferior que yo como hombre puedo controlar, clasificar (la puta vs la dama), denigrar (madres-zorras-monjas: todas mujeres) y disponer.

Esta forma de entender el mundo, lo femenino como inferior, no sólo daña a las mujeres. Cuantos hombres no se han visto sobrepasados por el tener que esconder sus vulnerabilidades, sus gustos. Suprimir sus intereses hasta que quedan convertidos en un envase de estadísticas de futbol y rutas de waze. Sé un hombre, les dicen, como si reprimir todo lo que los enriquece como personas fuera malo. Sé que son más que eso, chicos.

Las cosas no cambian de un día para otro, es cierto. Es por eso que además de transformar la escena pública, desde las leyes y los comportamientos compartidos, hay que tomar decisiones personales. Y esos son los que más cuestan, porque al final nos hacen renunciar a cosas que sentimos como naturales. El machismo y la misoginia son culturales e históricos, lo sabemos, pero también son comportamientos privados. Y como comportamiento privado, yo elijo cambiarlos desde mi cotidianidad: No voy a tener sexo con ese tipo que habla de “las chanas”, “las feminazis” “el maraco”. Voy a levantar la voz cuando una de mis compañeras de pega esté enfrentando una injusticia. No voy a criar a mis hijas para ser bellas y mantenidas. Como jefe, no voy a contratar a un hombre sólo porque se puede quedar hasta más tarde y no tengo riesgo de que lo violen cuando esté esperando la micro en el descampado. Como hijo, no voy a dar por descontado que cuidar de mis padres ancianos recae sobre mis hermanas mujeres. Todos podemos cambiar, no bajemos los brazos.

Existimos muchas, nos miramos, nos reconocimos. El resto del país lo vio, nadie puede negar que está pasando. Esto es una GRAN victoria. Y las victorias se celebran un ratito, y después hay que seguir trabajando, con más fuerza, por lo que queremos.

 

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Mi experiencia con el minimalismo

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Dudé al principio en titular esta entrada con la palabra minimalismo. Como todos los “ismos” tiene connotaciones que a veces son más grandes que las intenciones humildes de este texto. Lo primero que se me viene a la mente cuando hablamos de minimalismo es, al menos para mí, esa parte de la historia del arte en que uno queda inevitablemente con cara de “¿Eso pusieron en la galería?”…. pero si vamos a las definiciones puras y duras del movimiento, es la “tendencia a reducir a lo esencial, a despojar de elementos sobrantes. (…) Es también la concepción de simplificar todo a lo mínimo.”

Todo este proceso para mí ha sido tan natural y gradual que tengo dudas si soy parte de un “movimiento”. Todo comenzó en el 2013, cuando después de vivir en otra ciudad durante años, me devuelvo a vivir y trabajar en mi ciudad natal (Santiago du Chili). Viniendo desde Buenos Aires en plena época kirchnerista -en el que la variedad de producto no era mucha- Santiago, con su apertura capitalista al máximo, con sus malls eternos, y con su promesa de crédito aunque ganes 500 dólares de sueldo, parecía un paraíso para alguien que le gustan mucho LOS PRODUCTOS como a mí. Sin llegar a ser una hoarder, sí tenía – y adquiría- muchos objetos: Mucha ropa, muchos zapatos, muchos productos para la casa, mucho maquillaje. Viví 3 años en Santiago tratando de mantener a raya mi consumismo, en periodos muy exitosamente.  En otras, me compraba 6 prendas en H&M sólo porque había poca fila en la caja (que si han ido al H&M de Costanera, no parece una locura).

Vivía mi vida entre el goce inmediato del consumo y el miedo a endeudarme. Por si se lo preguntan, nunca lo hice, pero poco a poco, empecé a darme cuentas de más y más señales. Por ejemplo, después de ver el documental The true cost bajé radicalmente mi consumo de marcas fast-fashion. No sólo por las consecuencias globales de usar estas marcas -que están bien explicados en el documental- sino también porque personalmente, ya no me convencía comprar una prenda que tiene la potencialidad de convertirse en un trapero en 5 lavados. Me pregunté, porque seguir comprando cosas sólo porque son  baratas?  Tengo suficiente ropa. Además, pagar 5 mil pesos por algo 100% poliéster, no parece tan buen negocio si uno lo piensa un poco.

El mismo proceso empezó a pasarme con el resto de objetos a mi alrededor. En un momento, en mi ducha habían 4 botellas de shampoo a medias. Tenía 3 desodorantes en distintas partes de mi casa. Tenía una pequeña fortuna gastada en maquillajes de diversas marcas, desde las más lujosas -con sus glamorosos estuches dorados- hasta las más baratas. En las compras de casa, terminaba botando a la basura la mitad de las verduras que compraba, no porque no comíeramos ensaladas, sino porque una familia de 2 personas tiene una capacidad limitada de consumo que nunca supe medir. Mejor que sobre que falte, me decía mi misma, sin convencerme del todo.

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Volver a escribir | Un Like por año

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Ilustración: Coni Aravena

Hace un par de años -o quizás hace un poquito más- lo que más me gustaba hacer era investigar y escribir sobre moda. Me gustaba tanto que incluso tenía una columna en Viste la Calle y mantenía un blog activamente. ¿Que pasó en el intertanto? Me puse a trabajar. Mucho. Trabajé tanto, pero tanto, en publicidad y otras cosas (aunque ustedes no lo crean, la publicidad no paga demasiado bien) que el poco tiempo que tenía libre lo dediqué a extravagancias como visitar a mis papás o tratar de llevar una casa de la mejor manera posible. Podría haber terminado ahi. El tiempo pasó, las circunstancias cambiaron y me dí cuenta que dejar de escribir no es una opción real una vez que uno empieza. Que finalmente, tal como dice Julia Kristeva -en una frase que me encanta y que he modificado de forma muy irrespetuosa-  “quien no escribe, está muerto!” (frase original sin tergiversar acá).

Llevaba un tiempo pensando en volver a las pistas (que pistas son esas, BTW?)  cuando en mi timeline de Facebook (acuérdenme de cerrarlo de una vez) apareció un juego muy absurdo, pero totalmente adictivo que están compartiendo personas de mis contactos. La dinámica es más o menos así:

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