Ayer algo cambió

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Tengo un sueño. No, perdón, mal comienzo.

Tengo una… visión. Creo que en unos 20 o 30 años miraremos la marcha de ayer como el punto de inflexión entre el país de antes y el país después. Desde fuera, puedo ver como la sensación en el ambiente es de satisfacción con el hito de ayer. Todos los medios, incluso los que publican portadas que banalizan la violencia lo pusieron en primera plana. La marcha se discutió en los paneles de los matinales. Todo eso es increíble, amigas, pero por favor, no nos quedemos en eso. Tomemos este hito como un desde y no como el final del camino.

Finalmente, las fuerzas, las ganas y las razones se juntaron por sobre el miedo, por sobre la violencia reaccionaria y lograron juntar -por lo que leí- 80.000 mujeres y hombres en un sólo lugar para decir #NiUnaMenos, no más violencia contra la mujer. No tengo duda que los femicidios y violaciones son las principales razones de contingencia que sacaron a las personas de sus casas, pero siento que además se marchó en contra de todo un espectro de violencia machista que como chilenas, latinoamericanas y mujeres, vivimos en distintos grados y en distintas situaciones: Desde la mujer maltratada, golpeada y violada que no recibe justicia ni protección desde el estado, la profesional que es despedida sin fuero maternal por resquicios legales, la mujer que trabaja doble y hasta triple turno porque las labores de crianza recaen sólo sobre ella. Todas, distintas caras de un mismo problema, el entender a la mujer no como un otro en igualdad, sino como un bien inferior que yo como hombre puedo controlar, clasificar (la puta vs la dama), denigrar (madres-zorras-monjas: todas mujeres) y disponer.

Esta forma de entender el mundo, lo femenino como inferior, no sólo daña a las mujeres. Cuantos hombres no se han visto sobrepasados por el tener que esconder sus vulnerabilidades, sus gustos. Suprimir sus intereses hasta que quedan convertidos en un envase de estadísticas de futbol y rutas de waze. Sé un hombre, les dicen, como si reprimir todo lo que los enriquece como personas fuera malo. Sé que son más que eso, chicos.

Las cosas no cambian de un día para otro, es cierto. Es por eso que además de transformar la escena pública, desde las leyes y los comportamientos compartidos, hay que tomar decisiones personales. Y esos son los que más cuestan, porque al final nos hacen renunciar a cosas que sentimos como naturales. El machismo y la misoginia son culturales e históricos, lo sabemos, pero también son comportamientos privados. Y como comportamiento privado, yo elijo cambiarlos desde mi cotidianidad: No voy a tener sexo con ese tipo que habla de “las chanas”, “las feminazis” “el maraco”. Voy a levantar la voz cuando una de mis compañeras de pega esté enfrentando una injusticia. No voy a criar a mis hijas para ser bellas y mantenidas. Como jefe, no voy a contratar a un hombre sólo porque se puede quedar hasta más tarde y no tengo riesgo de que lo violen cuando esté esperando la micro en el descampado. Como hijo, no voy a dar por descontado que cuidar de mis padres ancianos recae sobre mis hermanas mujeres. Todos podemos cambiar, no bajemos los brazos.

Existimos muchas, nos miramos, nos reconocimos. El resto del país lo vio, nadie puede negar que está pasando. Esto es una GRAN victoria. Y las victorias se celebran un ratito, y después hay que seguir trabajando, con más fuerza, por lo que queremos.

 

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