Subculturas urbanas y estilo: La moda de la adolescencia

Muchos de nosotros pasamos por la adolescencia adscribiéndonos a alguna tribu urbana. Para algunos, esta especie de grupo contenedor-segunda familia es tan clave en el desarrollo personal que termina definiéndolos para siempre. Pero ¿qué pasa cuando la tribu urbana basa su existencia en la moda? ¿Marcará nuestro estilo incluso en la adultez?

Hay pocas cosas más confusas que ser adolescente. A la revolución hormonal propia de la edad y del desarrollo se le añade la exploración del mundo propio y externo. El hecho de elegir un grupo durante este periodo es totalmente natural y también sujeto de investigación de muchas disciplinas.
Si hablamos de estos grupos desde la perspectiva de la moda, podríamos partir por los temas de forma. La primera de las interrogantes que nos presenta la dualidad adolescencia-tribu urbana es ¿por qué un adolescente elige tal o cual grupo como contenedor de su vida social? ¿Es por admiración e imitación a sus ídolos? ¿Usan el estilo para demostrar su rebeldía antelos valores de los adultos? ¿Hay algún tipo de reflexión al tomar estas decisiones o solo lo hacen por una imposición social? Todas estas propuestas pueden tener adscritos, por la simple premisa de que no hay dos adolescentes iguales.

Tribus políticas versus tribus estéticas
Aunque no podemos negar que existen adolescentes que, en su búsqueda de identidad, eligen tribus más ligadas a una filosofía y a un pensamiento concreto, el estilo que las define es, en gran medida, lo que las hace atractivas para muchos de ellos. Incluso, historiadores e investigadores de la moda aseguran que desde la corriente punk no ha existido una tribu urbana con un componente ideológico importante. Guillaume Erner en su libro Sociologia de las tendencias lo describe así: “La generación soñaba con un modo de revolución, pero acabó contentándose sólo con la moda. Después del punk todas las movidas sucesivas se limitarán a proponer una nueva estética, una nueva música y atuendos propios, sin acompañarlos con algún discurso político (…) dejando el terreno a la ‘moda pura’”.
Aquellos grupos que tienen una conciencia social arraigada o política, como lo son las organizaciones antiglobalización, ecologistas o que luchan por los derechos de los animales, también tienen un look definido, y simbolos visuales que comparten, aunque estos signos no sean tan fuertes para convertirse en un “uniforme”.
Parecen haber grados de adoptar esta “moda pura”, aunque si miramos con cuidado, prodremos encontrar muchos más puntos de encuentro entre aquellos a los que “no les interesa la moda” hasta aquellos que se desviven por adoptar un look. Todo se trata de adaptacion a un grupo, unirse y “ser parte” y la moda parece ser la primera de las formas para lograrlo.

La clase alta
Mientras algunos buscan chocar y crear una reacción en el mundo adulto con sus looks, otros sólo quieren formar parte de un grupo, como pasa con los jóvenes de estrato social alto. Lo que ellos hacen es seguir la tendencia imperante en el mundo de la moda, del mismo modo en que lo harán cuando sean adultos. Los adolescentes de estos grupos generalmente se visten como lo haría una persona adulta en su tiempo de relajo, quizás como una forma de prepararse para las decisiones que tomarán después.
Es sabido que los estratos más altos de la sociedad, a través de los signos de su ropa, demuestran una especie de conformidad social, una forma de decir “me opongo al cambio, ya que yo me encuentro en la cima de la sociedad”. Tal como los preppies, de Estados Unidos, o los Sloane rangers, de Inglaterra, al mantener un vestuario más conservador, el objetivo es “dar la impresión de que no sólo tú, sino toda tu familia lleva generaciones siendo rica e insulsa, negando y, al mismo tiempo, sugiriendo una inquietud social profundamente arraigada”.(2) Por supuesto, no podemos comparar, en valores y fortuna, a una persona de clase alta de un país desarrollado con una chilena (por mucho que ellos lo quieran). Sin embargo, el gusto por los tejidos de calidad, naturales y las formas más conservadoras suelen repetirse.

La clase media: Los más expuestos a los grupos culturales estéticos
¿Qué pasa, entonces, con los chicos de la clase media? Éstos sin duda son los grupos de jóvenes más interesantes de analizar, debido a que son los generadores de la mayor diversidad en cuanto a estilos se refiere. Suelen ser también aquellos que imponen una mayor innovación en sus looks.
Por un lado, estos chicos cuentan con más recursos económicos que los de estratos bajos, su acceso a Internet y a nuevas tecnologías es masivo y permanente, y tienen más tiempo de ocio para dedicarse al seguimiento de un estilo dado. Es aquí donde se fueron dando los grupos estilísticos más notorios del último tiempo, partiendo con los alternativos y góticos de mediados de los noventa y llegando a la camada influenciada por Oriente (Otakus, Cosplay, Lolitas) que actualmente profesa una parte minoritaria aunque sumamente notoria de adolescentes en la ciudad de Santiago. Estas tribus se basan en música, amigos, pero, sobre todo y cada vez más, en el look, que es lo que los define frente a los ojos de la sociedad y que los diferencia de los demás adolescentes.

Vestuario versátil
Hay que tener ganas, tiempo y corazón para entrar de lleno a estos grupos cuando aún no es fácil ser un exponente 100% de las modas más alternativas (el bullying callejero existe desde siempre). Esto nos lleva al problema del momento en que se ocupa el look: hay algunos grupos que sólo se visten así en ocasiones especiales como fiestas y/o encuentros de la tribu. Pero también hay adolescentes que viven inmersos en el look.
Un ejemplo de la versatilidad del vestuario se vio durante los noventa con los góticos. Sus miembros estaban plenamente insertos en la sociedad como estudiantes secundarios o universitarios, algunos con empleos formales, y era necesario que su look fuera dual. La mayoría de sus adherentes vivía una vida normal vestido de riguroso negro. Los símbolos más elaborados los guardaban para usarlos cuando estaban rodeados por los suyos, gente que entendería toda la armada de signos en el arsenal “soy gótico”: maquillaje blanco y negro intenso, crucifijos, encajes y un millón de pequeños gestos tribales que discriminan a los no iniciados.

Un poco de historia
A pesar de que la moda joven o el estilo adolescente comienza como algo separado al mundo adulto en los años 50 con los Yeyé (aunque otros investigadores dicen que hubo tribus ya en los años 30)*, el concepto de tribu urbana tal como la conocemos hoy puede rastrearse en Chile a partir de la década de los 80. Su origen se sitúa en un clima de profundo descontento social por la situación política y económica, y se percibe en los recitales de nuevos grupos musicales. Las influencias de Los Prisioneros, Electrodomésticos, Pinochet Boys, entre muchos otros, venían del punk y del new wave de finales de los 70 en Inglaterra, país que ha marcado la historia de las tribus urbanas en Chile. Durante los 80, surgen los primeros indicios de un movimiento de hip hop en comunas periféricas de Santiago, con exponentes como Panteras negras, De Kiruza y Los marginales. Un polo rockero más duro y ligado al metal también se gestó en esa década, difundiéndose en el gimnasio ñuñoino Manuel Plaza y alcanzando una masividad que les dio notoriedad para el resto de la sociedad.
Aunque todos estos grupos llegaron a los 90 con situaciones distintas de desarrollo y evolución, es justamente durante esa década en la que las tribus urbanas empiezan a ser visibles y se convierten en un referente del mundo adolescente. Es también el tiempo en que la cultura alternativa se liga más al consumo que a verdaderos valores contraculturales, lo que la diferencia de los movimientos juveniles de los ochenta. La relevancia de estos estilos se refleja en que de a poco ganan espacios tanto en la cultura mainstream como en la ciudad. Ejemplo de esto en los medios de comunicación fueron las ya desaparecidas revistas Zona de Contacto (suplemento juvenil de El Mercurio) y la tríada Rock & Pop (canal-revista-radio), que permitieron no sólo la exposición y crecimiento de la cultura alternativa sino la formación de una generación completa de periodistas y gente ligada a los medios de comunicación. En Santiago, comenzó el auge de los lugares especializados en ciertos objetos de consumo de la juventud alternativa. El Portal Lyon, en Providencia, y la galería Eurocentro, en Santiago Centro, se transformaron en lugar de reunión de jóvenes, al vender discos importados y revistas especializadas de interés para ellos. Y, en algún momento de mediados de los noventa, estos locales empezaron, primero tímidamente, a vender películas y comics japoneses que, depende de quién lo mire, inauguraron o afianzaron el gusto de un tipo de público por las experiencias culturales ligadas a Japón.
Es así como en el año 2000, el espectro de grupos o de tribus urbanas ha llegado a un número indeterminado que crece cada día, exponencialmente y de la mano del consumo de Internet. Cada vez es más difícil mantenerse al tanto de las sutiles diferencias que pueden distinguir a un grupo de otro. Es por eso que el look de cada uno juega, más que nunca quizás, un papel preponderante en la identificación y auto-identificación de sus integrantes.

Tribus urbanas y evolución
Hoy, además, los signos que utilizan los adolescentes para acercarse a cada grupo de estilo son mucho más extremos, y requieren mucha más preparación que la que dedicaban, por ejemplo, los punks de los 80 o los alternativos de los 90.
Ejemplifiquemos con un grupo masivo. Los pokemones de mediados y fines de la década del 2000,  sin tener un discurso tribal muy elaborado, basaban su existencia en la búsqueda de sensaciones hedonistas y en el cultivo de un look muy específico, que tomaba recursos a modo de collage de varios grupos juveniles: los pitillos, que cruzaron estilos y grupos urbanos en esta década, fueron usados tanto por los mods de los 60 como por los punks de finales de los 70; las poleras ajustadas, combinadas con pins de colores y accesorios multicolores de plástico, fueron uno de los uniformes de los alternativos y brit poperos de los 90, y también tienen reminicencias de la cultura rave; el pelo alisado con rigurosidad y cortado como un casco desprolijo tiene exponentes tanto en oriente como en occidente y su referente más cercano son los emo; las perforaciones corporales y pierciengs se ven desde los 90 en diversos tipos de gente, desde metaleros hasta la más delicada de las chicas.
Como vemos todo este movimiento que agrupó a una gran parte de los adolescentes de clase media de fines del 2000 se basó específicamente en un look y en la muestra compulsiva y egocéntrica a través de Internet: Fotolog fue el manifiesto de los pokemones y ni siquiera un estilo de música (debido a que el reggaeton es más bien un estilo musical que atraviesa toda la sociedad) los unió como grupo.
Sin duda, cualquier alternativo de los noventa (al que, seguramente, más de una vez le gritaron “fleto” en la calle) se hubiera negado a andar tan claramente disfrazado como un pokemón, pero entre estos dos períodos mucha agua corrió bajo el puente. Mientras que el alternativo siempre fue alguien distinto de la mayoría, en sectores de clase media de Santiago hubo momentos en que parecía no haber adolescentes que no fueran pokemones o algo cercano a ello.
Las culturas juveniles que hoy más impresionan son aquellas que no tienen referentes nacionales, en las que no encontramos una raíz previa con la cua identificarlas. Aquellos grupos deben su existencia a Oriente (Lolitas, Kogals, Visuals, fans del Cosplay, etcétera) y son, a mi parecer, los únicos chicos que verdaderamente están escandalizando a sus padres, con un look poderoso como pocas veces se ha visto, un manejo de símbolos que son una delicia para analizar y un nivel de producción y amor al detalle que se ve sólo en representaciones artísticas .A través de Internet, estas tribus recogen una forma de estilo que poco tiene que ver con su realidad y eso es lo que los hace más valorables: la capacidad de sumergirse casi por completo en un estilo distinto al de la mayoría de las personas, dejando en ello tiempo y mucha dedicación.
Aunque en algunos casos este estilo se usa sólo en tiempos y lugares específicos (un fanático del Cosplay utiliza sus prendas como una especie de disfraz en sectores protegidos), hay también algunos que viven día a día enfundados en sus trajes de tribu, siendo el más llamativo todas aquellas chicas que se identifican como Lolitas. Esta subcultura, fashion como pocas, es el ejemplo perfecto cuando hablamos de grupos 100% dedicados al look: usando primorosos vestidos de encaje de inspiración victoriana, que desentonan profundamente con el atuendo de la mayoría, pero que ellas defienden orgullosas al pasear con sombrilla por lugares que poco o nada se parecen a Shibuya en Tokio o a un hermoso jardín de Londres. Ellas viven con fervor el poder fantasioso de la moda, y aunque los resultados visualmente no sean siempre de nuestro total gusto estético, estas adolescentes están viviendo como pocos el verdadero cambio cultural que se nos prometía en los 90, aquel que aseguraba que, en una sociedad avanzada como la que se nos venía, lo raro era hermoso y cada cual tenía a su alcance las herramientas para ser único.
Este parece ser, además, el camino que tomará la evolución de los estilos juveniles. A medida que la sociedad avanza, los estilos que vemos en las calles se hacen más extremos. Cada vez es más difícil escandalizar. Cada vez es más complejo el sistema de códigos utilizado. Y si somos optimistas en términos de moda, cada vez es más importante jugar un rol en donde la moda te permite ser lo que quieres ser, aunque sea jugando durante los años adolescentes.
Es difícil saber cuál será el espacio de la moda en los adolescentes de hoy. Mis apuestas van, optimistas, por el lado de que si alguna vez te importó tanto la moda, esta influencia jamás se acabará. Ojalá que la sociedad acompañe estos cambios y que seamos más abiertos, más creativos y más libres, por el bien de todos, pero, sobre todo, por el bien de la moda.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición N.01 de Reviste la calle, de Abril 2011.

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