Color y moda | De la necesidad a la predicción.

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El color nos define como seres humanos y también define la cultura de consumo. De negro, de flúor, de dorado. Lo que queramos representar es posible eligiendo el tono adecuado. Pero ¿es siempre tan libre nuestra decisión? Desde la antigüedad han existido restricciones para ponerse tal o cual color. Hoy, no es muy distinto. La industria de la moda también nos impone qué usar, pero, ¿Cómo lo hacen?

Es difícil imaginar un planeta sin color. Mucho menos podemos imaginar la industria de la moda sin este pilar fundamental. La manera en que éste ha jugado su rol e influencia, eso sí, ha variado desde lo más básico hasta llegar a hoy en que dentro de su producción, desarrollo y consumo hay poco de azar. Sin embargo, poco sabemos de cómo los colores influyen en nuestras elecciones de compra y de cómo nos son impuestos para provocar nuestro deseo.

 

Una historia multicolor

Es risible creer que la cantidad de tonalidades hoy desplegadas en cualquier sociedad industrializada fue siempre así. El color en los tejidos estuvo sujeto durante siglos a circunstancias sociales y técnicas. Si conseguir que una fibra adquiriera cierto tinte era difícil, se convertía en un signo distintivo, que le daba estatus a quien lo lucía. Hoy, no es muy diferente: Estar en la tendencia nos convierte –en nuestra cabeza– en gente más informada y deseable. En resumidas cuentas, hay mucho más en común entre un sacerdote medieval y una fashion blogger actual que lo que creemos.

Desde los albores del hombre, el decorar cara, manos y pecho se transformó en una tradición, siendo los cosméticos el primer color ornamental en acompañar al humano y en hacer un poco más bella la miserable existencia. Con este primer uso consciente por parte de un grupo, empezamos a definir no sólo el irrefrenable gusto humano de observar la belleza (como dice Lipovetsky en El imperio de lo efímero) sino también de sentir placer de ser (ad) mirado.

En el Egipto del año 4000 aC, las mujeres se pintaban los ojos usando caparazones machacados de escarabajos iridiscentes que producían un color verde intenso. Lo complementaban con el Kohl (delineador de ojos), cosmético que fabricaban mezclando almendras quemadas, arcilla y óxido de ocre. También fue una egipcia quien inició el eterno romance de las mujeres con el color rojo en mejillas y labios: Nefertitis llevaba siempre los labios rubí, marcando una tendencia entre las soberanas egipcias y, posteriormente, en los pueblos del mediterráneo. En cuanto a vestimenta, el blanco estaba reservado para los nobles y las autoridades eclesiásticas, ya que sólo se lograba a través de largos procesos corrosivos. La envestidura de este color se traspasó a otros pueblos de la antigüedad, como los fenicios.

El imaginario popular siempre viste a los habitantes de la Grecia clásica de blanco. Sin embargo, su indumentaria era rica en colores. De hecho, se ha demostrado que las mujeres elegantes teñían sus ropas de lino y lana con azul, amarillo y rojo, los hombres libres usaban telas blanqueadas, y las clases más bajas, clandestinamente, las utilizaban de marrón rojizo, bajo el riesgo de ser castigados por elegir un color que no correspondía a su casta.

El púrpura es un buen ejemplo de cómo el color podía definir quién era más o menos en una sociedad. Para obtener un solo gramo de esta tonalidad era necesario el sacrificio de 10 mil caracoles provenientes del Mediterráneo. Por su alto costo, se convirtió en privilegio de la nobleza, que lo utilizaba en telas preciosas como la seda. Así, se transformó en un deseo inalcanzable para el resto de la población, lo que llevó a prohibir el llamado Papiro Estocolmo, que además de ser uno de los primeros tratados exhaustivos de química y botánica de la antigüedad, también contenía 11 formas de lograr el púrpura de forma casera mediante el uso de plantas.

En Roma, también se utilizó el color para ordenar el sistema de clases. La caída del Imperio dividió al mundo en dos, y mientras la parte oriental sucumbía ante los colores y estampados, la occidental poco a poco entraba en la Edad Media, que a pesar de ser oscura y gris en la cultura popular, tenía altas muestras de color en personajes de la nobleza, quienes por ley eran los únicos que podían usar dorado, púrpura, y magenta, y tejidos como el satén, el terciopelo o el armiño. Las Cruzadas fueron el gran proceso que provocó cambios en el guardarropa de aquellos que podían costear las nuevas e innovadoras texturas traídas de Oriente.

Precisamente durante la Edad Media, se descubrieron nuevos recursos para teñir textiles, como la urchilla, obtenida de un líquen del Norte de Italia. También insectos parasitarios (como el kermes o cochinilla europea) se usaron para teñir de rojo las telas de las nobles, el color más apreciado por las mujeres junto al blanco y al negro. El amarillo y el verde eran poco utilizados por las damas de clase alta, ya que se asociaban a teñidos más económicos de origen vegetal que las clases má bajas si podían conseguir.

En el Renacimiento, con el descubrimiento de América y posterior explotación del Nuevo Mundo, se incorporaron otros tintes y colores. El carmín, la cochinilla americana (que entregaba un rojo carmesí más intenso que el Kermes europeo, tiñó los hábitos de los monjes y la mayoría de las banderas de provincias españolas), el añil (azul intenso de origen vegetal), y el alazor (de donde se obtenían intensos tonos de amarillo y naranja) llenaron de color a la Europa marrón. América se transformó así en el gran almacén de donde se obtenían los colores que poco a poco fueron abriendo el otrora triste panorama de las telas europeas.

 

La revolución de los tintes

Se dice que la moda actual es la hija ilegítima de la Revolución Francesa. Aunque en rigor el decaimiento de las sociedades medievales y el levantamiento de la burguesía son claramente antecedentes de la forma de vida que venía, lo más posible es que “seguir la moda” no se podría haber concebido sin la ayuda de los coquetos monarcas franceses. Mientras que María Antonieta puso en tendencia el gusto por el pelo rubio y los vestidos de pastora blancos (no, eso no lo inventó Sofía Coppola), el gusto de Luis XIV por la combinación morado y dorado y sus zapatitos de taco rojos impuso en todo el hemisferio occidental la idea de que aquellos colores eran dignos de los elegidos por Dios.

La Revolución Industrial permitió una llegada más democrática de las personas a distintas telas. Se comenzó a producir ropa en masa, a menores precios. Desde ese momento se pone a disposición de los consumidores una gama creciente de productos, por lo que la importancia del color en el desarrollo, la comercialización y las ventas no dejan de crecer.

Además, durante la primera mitad del siglo XIX se produjo lo que marcaría en gran medida la extensa cantidad de colores que podemos tener hoy: se descubren los colorantes orgánicos artificiales. El fundamento decisivo para el desarrollo de la química moderna de colorantes fue el hallazgo del fenol y de la anilina en el alquitrán de hulla por el químico alemán Friedlieb Ferdinand Runge, en 1834. Veinte años más tarde, el estudiante inglés de 18 años William Henry Perkin, mientras buscaba una forma de obtener quinina, encontró lo que se denominó mauveína o anilina púrpura.

La mauveína de Perkin fue el primer colorante industrial generado de forma sintética que tras la coloración proporcionaba tejidos luminosos y coloreados de forma duradera. Una verdadera revolución, que no paró de crecer en popularidad y que hizo millonario a su joven inventor. Incluso ese ícono de la moda que fue la Reina Victoria dio su visto bueno al nuevo descubrimiento usando un vestido de seda color violeta en la Royal Exhibition de 1862.

Una tercera arista de la moda contemporánea se empezaba a fraguar en Europa: se comienzan a desarrollar las primeras y primitivas revistas de moda. La pionera fue The Lady´s Magazine, originada en Inglaterra en 1770, que incluía figurines de moda. Poco después nace la primera publicación de moda especializada, la francesa Galerie du modes. Éstas, y las que les siguieron, instauraron el hablar del color como tendencia, y la tendencia como algo que podíamos seguir.

Ya entrados en el siglo XX y con el comienzo del pret-a-porter, se inicia la moda masiva de los colores, definidos por los industriales del vestido y sus correspondientes intereses. Un pionero en el tema fue el modisto C. de Coux, quien al fundar la empresa Relaciones Textiles comienza a generar el concepto de las colecciones de temporada. A partir de entonces surgen los líderes de opinión venidos de Francia que nos hablan de los colores de moda.

Christian Dior populariza la combinación verde turquesa y rosa, mientras que Coco Chanel hace lo propio con el color negro, el blanco y el rosa palo. El technicolor en Hollywood genera nuevos tonos de maquillaje que ahora se puede ver en pleno resplandor en la pantalla grande. Durante los sesenta se masifica el azul añil de los pantalones de mezclilla y las combinaciones de colores intensos de las minifaldas y en colores primarios del Pop Art. Yves Saint Laurent recupera y hace masivos los colores intensos de Latinoamérica y África y Pucci los combina todos en estampados sicodélicos.

En los setenta, los colores vedettes fueron los plateados y dorados que brillaban bajo las luces de los clubes nocturnos, debido principalmente a que la empresa DuPont consigue patentar el primer pigmento perlino iridiscente.

La década de los ochenta se presenta como un mundo polarizado, en donde los opuestos más opuestos podían empezar a convivir sin problema en el mesón de las tendencias. El negro riguroso de las indumentarias punks convive con los pasteles suaves de las chicas preppies y de los total look de las princesas europeas, en contraposición con los grises y negros de los power suits usados por los yuppies. El final de la década trae consigo la incorporación de los colores flúor de mano de la indumentaria deportiva, fuerte tendencia que llega hasta la década de los noventa, en que finalmente la cultura y la moda se transforman en un caldo de cultivo de influencias cada vez más diversas. Por un lado, una fuerte corriente minimalista tiñó la publicidad y la cultura popular de blanco y negro, al mismo tiempo que también surge la llamada moda verde, trayendo de vuelta el gusto por los tejidos naturales, los tonos cálidos y crudos de las fibras haciendo ver a millonarios primer mundistas como meros siervos feudales de plena Edad media.

El nuevo milenio llegó con nuevas oportunidades y preocupaciones en muchos sentidos y, por supuesto, el mundo de la moda no estuvo exento de ello. Si antes la disponibilidad y costo de telas y tintes dictaron los colores de moda, hoy el sistema es ligeramente más complicado que eso.

 

La industria de hoy

Y así llegamos hasta la actualidad, en que el poder de la industria de la moda parece no conocer límite alguno. La comunicación a través de los medios y el poder globalizador de la industria hace que ésta sea casi totalmente omnipresente.

El proceso que termina con el consumidor eligiendo una prenda de un estante está antecedido por dos años –o más– de decisiones tomadas por distintos actores que han barajado factores económicos, emocionales, históricos y químicos. ¿Cómo deciden las marcas la paleta de colores más adecuada? ¿Cuál es el proceso para que los diseñadores, los desarrolladores y los responsables de compras de las grandes tiendas elijan los colores?

El primero de los eslabones con los que contamos en el proceso de cómo un color se pone de moda, son las industrias químicas. Ellas se apoyan en las agencias de fashion forecasting, que han hecho de la predicción del color y de las tendencias su profesión. El proceso de anticiparse a las tendencias consiste en coleccionar, evaluar e interpretar datos, que luego son compilados en libros que se venden como paquetes de inspiración a la industria textil y de moda. Aunque las más famosas hoy sean WGSN, Stylesight y Trendstop, la verdad es que hay precedentes de organismos trabajando en estos asuntos ya desde 1915, cuando, como una iniciativa de los empresarios textiles durante la Primera Guerra Mundial, se crea la Color Asociation of United States, quienes ya daban asesoría de color y paletas a los fabricantes de industrias como las de los guantes, las medias y los sombreros. Sin duda, el gran crecimiento de los medios e internet han generado un ambiente propicio para la proliferación y la supervivencia de estas agencias. La indutria de la moda es insegura por naturaleza y la importancia de éstos color forecasters aumenta con los años. Todos quieren ser diferentes, pero nadie quiere ser tan diferente.

Muchos manufactureros utilizan los paquetes de predicción como datos, complementándolos con sus propios conocimientos y posibilidades técnicas, y éstos son volcados en una gama de temporada. La fabricación de estos productos luego se vende al sector del retail, quienes muchas veces también están suscritos a los servicios de los predictores de tendencias, generándose así, una consistencia de información que finalmente, da la sensación al consumidor de sentirse avalado en sus decisiones de compra.

Los fabricantes de textiles integran dentro de sus creaciones estos dictámenes y los adaptan a los avances de su rubro. Verdadera piedra fundamental de la moda, todo el poder de la industria se despliega y se exhibe como un pavo en ferias bianuales (como Premiere Vision, en Paris, o Milano Unica, en Italia), donde se muestran los últimos avances del mundo de las telas. Se vislumbran, con dos años de antelación las tendencias macro de aquellas telas que estaremos usando en el futuro: Las materialidades, los colores y estampados.

Las semanas de la moda de las grandes capitales han trabajado, entonces, con un concepto común, que hace que veamos resultados parecidos en varios diseñadores alrededor del mundo (Esto, a pesar de que los diseñadores más reconocidos miren en menos el poder uniformizador de las agencias de predicciones, y prefieran desligarse de su influencia). Como vemos, la frase “me inspiré en el verano y en la playa” es sólo apropiada en un desfile de escuela de modas.

Las agencias de Fashion Forecasting también trabajan con los diseñadores y compradores de grandes tiendas, las que están atentas no sólo a las tendencias en el largo plazo, sino que también a las que van surgiendo en la cultura popular de forma más aislada. Así, el vestido azul marino que usó Kate Middleton en su compromiso puede estar a nuestro alcance en nuestra tienda de fast fashion favorita dentro de semanas y hasta dias, debido a los nuevos modos de diseñar, fabricar y vender que han hecho de Zara un éxito alrededor del mundo (y que tiene a las otras marcas tratando como sea de imitarlos). En éste particulas momento histórico en el que vivimos, gran parte del éxito de las cadenas de low-cost es que si un color en un estante simplemente no está funcionando, por muchos libros de tendencias que haya detrás, éste dejará de fabricarse. En cambio, si un color o una gama funciona bien en la venta al cliente o si éstos lo piden en su relación directa con los vendedores, lo más posible es que veamos dentro de dos o tres semanas un perchero vestido primorosamente del color y accesorios a tono.

Ya vemos que en los colores de nuestra ropa ha pasado más de la historia del hombre de lo que creemos. Desde las dificultades de la antigüedad, al modelo “lo quieres, lo tienes” de hoy, el color ha sido un compañero fiel de la moda. Por eso, cada vez que queramos vestirnos de un triste color apagado y deslavado que nos haga sentir invisibles, o cuando queramos hacer girar cabezas con un color intenso como el sol, pensemos un segundo en los miles de años, viajes, penurias, muertes, empleos y libros de tendencia que hubo en el proceso de elegir aquel color. Y nunca olvidemos que por muchos millones de dólares que se gasten en el proceso de decirnos que color tenemos que usar, al fin y al cabo, el color- y la elección de usarlo- es y será siempre, nuestro.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición N.03 de Reviste la calle, de Abril 2012.

 

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