El traje de hombre y yo


Mi experiencia personal con la compra de trajes se reduce en buenas cuentas a sólo una experiencia: Acompañé a un amigo a comprar, bajo un presupuesto bastante decente, un traje para un matrimonio. Lo que buscábamos era, en pocas palabras, que fuera bonito, estiloso y estilizado para alguien, (como él) bastante enjuto. La idea era que al terminar, se viera más o menos así:


Despues de una rápida ojeada al sitio de GQ, salimos optimistas buscando un traje en tonos azules, moderno, de uno o dos botones, con solapa un poco puntiaguda y un poquito más ceñido de lo normal (pero aún así masculino). No fue fácil.
Yo me esperaba, claro, que la tarea no fuera simple (por algo existen los personal schoppers y hasta sitios de Internet dedicados al tema) pero de verdad, no me imaginé lo que venía: Mucho traje de oficina, mucho traje para futbolistas, muchos para pastores evangélicos pero casi nada para alguien joven y no ciego. Trajes brillantes, mal cortados, de telas imposibles, que me hacían preguntarme ¿Por qué? Claro, alguien puede decir que de seguro fuimos a los peores lugares de la capital, pero en realidad el terreno de la muestra fueron las tres tiendas por departamento más conocidas, una más popular, Zara, Trial y unas cuantas tiendas más.

El primero de nuestro problemas fue encontrar una talla pequeña. Caos total: En todas las tiendas que fuimos, la menor que había era talla 46, incluso 48, lo que me hizo dudar de la condición adulta de mi amigo y de la viabilidad de nuestra búsqueda. Lo más enfurecedor de todo, eso sí, era la poca variedad que había en las tallas más chicas (sólo uno o dos trajes de opción, si es que había alguno).
Otro problema que observamos es que, incluso en aquellas tiendas de departamento en los que habían metros y metros de trajes colgados, todos eran del tipo “papá que hace negocios”: Trajes de 3 botones, cuadrados, en negro o en azul. Los más atrevidos, con líneas casi invisibles. Y no, eso no es “lo que se viene” como me explicó un vendedor con evidentes aires de divo.
Fue un horror inexplicable descubrir que la “opción rupturista” eran los trajes de cuello Mao. Cuello Mao, o sea, un traje que los futbolistas dejaron de usar después de Francia 98 porque era muy anticuado y de evidente mal gusto.

Otra experiencia llamativa fue percatarme de la existencia, sobre todo en las multitiendas, de los trajes “jóvenes”. Con esto me refiero a una variedad de trajes hechos para aquellos que buscan referentes de moda en la televisión, por lo que aspiran a verse como Sergio Lagos o como Felipe Camiroaga (ésas son las dos opciones, no hay más). Demás está decir que el complemento perfecto para éste tipo de trajes son el gel y repetir hasta la saciedad el epíteto de la “perro”… ¿Y los trajes? En colores oscuros, generalmente “alocados”, con texturas floreadas, brillantes, mangas de camisa más largo de lo normal, solapas exageradas y un largo etc.Finalmente, depués de mucho buscar y accesorizar con esmero, llegamos a un resultado que, aunque no fue 100% satisfactorio, fue necesario para, al fin y al cabo, no pasarnos del presupuesto asignado, y no seguir buscando hasta el infinito, pero con el que quedamos bastante contentos viendo el desolador panorama.

Esta enriquecedora experiencia me hizo admirar aún más a aquellos caballeros que se las arreglan para verse bien, y sobre todo, me hizo valorar la enorme variedad de estilos y de precios que tenemos las mujeres en comparación. Si, es cierto, la mayoría se encierra (nos encerramos) en lo que algunos llaman la trilogía (Patronato-Falabellla-Zara) , pero aún asi, nada se compara a estar tantas horas buscando algo correcto, ni siquiera perfecto. Un aplauso para los bien vestidos, por favor. Y un abucheo general a las tiendas de ropa, que deben cambiar ya el chip. En serio.

Este post fue publicado originalmente en Viste la calle el 06 de Mayo del 2009.

 

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